Reflexión sobre el juego libre

Por Rosa Manzano.

Os habéis preguntado alguna vez, porqué los niños cada vez a edades más tempranas, cuando se enfrentan a un folio en blanco, hacen este tipo de preguntas: “¿Qué tengo que dibujar?”,” ¿qué colores utilizo?”, “¡píntame tu algo!”, “yo no lo voy a hacer bien…”

¿Qué creéis que está pasando?, ¿en qué momento empezó a suceder esto?

Es muy probable que tenga que ver con la imagen que tenemos de nuestro hijo, con lo que creemos que es capaz de hacer, que es capaz de crear, que es capaz de resolver, que es capaz de pensar…

Quizás pensemos que nuestro hijo es capaz de todo, pero…

Cuando cumplió 12 meses le cogimos las manos y lo pusimos a andar, porque pensábamos que con nuestra ayuda lo haría más rápido.

Cuando ya podía comer solo y además él disfrutaba haciéndolo, íbamos nosotros y también le ayudábamos, para que no se manchara y fuera más rápido y además le poníamos la tele para que se entretuviera al hacerlo.

Cuando llegó el verano en que cumplía los dos años, era el momento de quitar el pañal, no importa si él todavía no daba señales de estar preparado, había que quitárselo porque en septiembre empezaba el colegio.

Cuando ya era capaz de vestirse solo, no nos daba tiempo porque si no llegábamos tarde al trabajo. Y el fin de semana tampoco porque habíamos preparado un sinfín de actividades, excursiones, compras y no teníamos ese tiempo para esperar a que se vistiesen ni el de 2 años, ni el de 3, ni el de 4, ni probablemente el de 5, así que ahí estábamos nosotros para ayudarlo con todo el cariño del mundo.

Por la exigencia social, estamos todo el día sin parar con la agenda muy apretada en esta vida, que más que vivirla la convertimos en una carrera de fondo, para ver quien llega antes, todavía no sé adónde, y claro, cuando realmente tenemos un poco de tiempo queremos compensar a nuestros hijos y nos vamos a jugar con ellos.

Le hacemos una construcción con maderas dignas de un arquitecto. Con los legos le hacemos una nave espacial que ni Pedro Duque en sus mejores sueños. Le montamos una cabaña al más estilo Tom Sawyer. Hacemos bizcochos, dulces, magdalenas en los que le iremos diciendo cada uno de los pasos que tienen que seguir. Haremos circuitos de motricidad para también decirles como los tienen que usar.

Porque nos da mucho miedo una palabra:

ME ABURRO

La exigencia social nos ha llevado a convertirnos en chef, en arquitectos, en carpinteros, en psicomotricistas, en animadores socioculturales, para dar respuesta a la temida palabra.

Newton descubrió la Ley de la Gravedad y Descartes escribió El discurso del método (1637) gracias al aburrimiento, pero hoy, en la era con más tiempo libre de la historia, ese estado de ánimo se percibe casi como una enfermedad.

«Huimos de nuestros pensamientos en busca de cualquier estímulo», dicen los psicólogos sobre el ‘miedo’ a quedarnos con nosotros mismos.

La psicóloga británicaSandi Mann argumenta en El arte de saber aburrirse (Plataforma Editorial, 2017) que el aburrimiento “puede ser una fuerza poderosa, motivadora, que infunde creatividad, pensamiento y reflexión inteligente”.

Sobre todo esto, quiero parar un poco con vosotros para reflexionar sobre la importancia de darle a nuestro hijos el tiempo que necesitan para aprender, para ser autónomos en sus tareas diarias, para que jueguen libremente y sean ellos los que elijan a lo que quieren jugar. Fijaros si es importante el juego que, pese a lo que tradicionalmente pensamos, conlleva muchos requisitos, requisitos como una implicación emocional por parte del niño, como que haya sido elegido libremente por el, como que respetemos los tiempos en los que juega,… el Juego es la actividad más compleja e importante que realiza un niño y tiene sus consecuencias a todos los niveles, es donde realmente el niño se encuentra con el mismo y construye su conocimiento.

La autonomía da libertad y la libertad lleva a la felicidad.

Con todo esto no quiero decir que “pasemos” de nuestros hijos, si no que cuando el niño diga “¡papa juega conmigo!”, nos sentemos a su lado y que sea él el que inicie el juego y lleve la batuta. Nosotros estaremos presentes y conscientes, pero daremos un paso atrás en el protagonismo.

Vamos a dejar que se aburran y sean capaces de crear, de pensar, de encontrarse a sí mismos y de tomar decisiones.

Vamos a confiar en ellos y darles el tiempo que necesitan para hacer las cosas por sí mismos porque esto les ayudará en su etapa adulta y, aunque os parezca muy exagerado, es una de las mejores herencias que podemos dejarles.

Y ahora vuelvo al símil del folio en blanco. Si tu hijo durante su infancia y adolescencia no ha llegado a hacer nada por sí mismo, puede que en un futuro, la imagen que tenga de el mismo sea de “yo no soy capaz”, porque es el mensaje que (sin querer) le hemos hecho llegar mientras le hacíamos todo con mucho cariño.

Además de esto, es muy probable que siempre necesite una figura externa para tomar decisiones en su vida, ya sea su pareja, jefe, padres, u otros, todo esto debido a la visión de sí mismo como una persona dependiente a la que siempre se lo han hecho todo, con pocas habilidades (que como todos sabemos se adquieren practicando), una baja autoestima y poca confianza en sí mismo

Vuelvo a repetir, dejemos de hacer las cosas por los niños y démosles tiempo para que se aburran y jueguen, jueguen y jueguen, este regalo es mucho mejor que la mayor de las Universidades pues sentará bases en ellos que en un futuro fluirán por sí mismas y contribuirán en su felicidad

Para que cuando sean adultos y vean un folio en blanco sean capaces de dibujar y pintar su propia vida, su mundo interno y no la vida de los demás.

Rosa María Manzano Ruiz.

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